
Kitty Pryde, la cadete más joven de esa Nostromo que atiende por Patrulla-X, combate contra un émulo del bichejo que aparecía en la cinta “Alien”, dirigida por Ridley Scott en 1979. Una historia navideña atípica que supuso el fin de la colaboración entre John Byrne y Chris Claremont. Para muchos, esta fue la mejor pareja creativa del mainstream. Atrás quedaba la redefinición del concepto del super-héroe en forma de una disfuncional familia de mutantes que se enfrentaban a problemas imprevisibles con una energía que ningún lector sabía muy bien de dónde sacaban.
Porque lo que tuvieron que superar los protagonistas de la colección no se lo deseo ni a mi peor enemigo (bueno, a alguno sí). Cada mutante tenía su propio vía crucis, siendo el mayor de todos el que sufre Cíclope ante la pérdida de humanidad de Jean en el arco argumental que se convirtió en una obra maestra por imperativo editorial: La Saga de Fénix Oscura. Este evento cambió mi forma de leer y entender el cómic, y es con el que aprendí a querer a los personajes más allá de divertirme con su lectura. Lo descubrí en una edición de Surco, retapada, con los cinco números que recogen el comienzo y el nudo de la trama. El desenlace se ofrecía en un sexto número que, si no lo hubiera visto con mis propios ojos dos años después, aún creería que era una leyenda urbana. Cinco mil pelas de la época me pidió un usurero, a lo cuál me negué, pues con dicha cantidad podía llevarme veinticinco tebeos a casa. La oportuna reedición ampliada de todos estos números, con un título casi de resonancias míticas, Classic X-Men, pudo apagar la ansiedad que sentía por finiquitar esta etapa en mi mente. Algo semejante me ha pasado hace unos meses con la Doom Patrol de Grant Morrison (el mundo del coleccionismo de cómics en nuestro país es así, pero eso... es otra historia.)
Desgraciadamente, este homenaje al tebeo popular, escrito y dibujado con un competitivo dominio de la narrativa, fue el fin de la asociación entre Byrne y Claremont. Demasiado desgaste producido por las maniobras de un taimado Jim Shooter, jerifalte de Marvel por entonces, que hacía todo lo posible por agravar los problemas de ego de tan creativa pareja.

Yo no disponía de Internet en el lejano 1985 para rastrear números atrasados, principalmente porque la Red aún tenía un uso militar y la World Wide Web tardaría aún cinco añitos en implantarse y cambiar nuestras vidas.
Las revistas de información sobre cómics en las que algunas tiendas se anunciaban (pagando también la tirada) y que trabajaban en la venta por correo, sólo se podían encontrar en forma de fanzines en grandes capitales. Mis favoritos fueron Urich y Bronze y los conocí cuando ambos ya habían desparecido.
No existía una sola tienda de cómics en mi Comunidad y todavía reposaban saldadas montañas de colecciones de Bruguera o Surco en las grandes superficies, pero no había ni un triste metro cuadrado con las novedades como existe hoy en día. Se consideraba que eso de los tebeos era para críos (y ahora que lo pienso, yo lo era). Las “tiendas de viejo” disponían de algo de material, pero sólo acumulaban lo que había sido actual hacía cuatro o cinco años. Supongo que lo que compraba la gente, se quedaba en casa, en el desván.
Todavía en los rastrillos de la Península se podían cargar muchos tebeos de segunda mano por quinientas pesetas, pero lástima que en la zona donde yo vivía sólo se vendiesen calcetines, pollitos recién nacidos coloreados y frutas y verduras.
Junto con el resto de mis vecinos, teníamos serios problemas para poder ver la televisión, pues los ululantes vientos que castigaban la zona destrozaban cada dos por tres el repetidor que enviaba la señal hasta nuestros hogares y como nevaba por lo menos cuatro meses al año como en el Tíbet y llovía otros cuatro, pasábamos mucho más tiempo en casa de lo que nos hubiera gustado. Sin televisión, la lectura se desvelaba como opción definitiva, pues afortunadamente mi familia siempre ha tenido la casa repleta de libros.
El frío polar pelaba la piel de nuestras caras y no había nada mejor que quedarse al calor de la estufa eléctrica de la sala de estar leyendo tebeos, releyéndolos, e imaginando cómo se desarrollaría la trama en sucesivas entregas. Algún libro de Mario Puzzo también me eché al coleto, pero mi padre, cuando ya llevaba consumidas cien páginas del mamotreto, me lo ocultaría “para cuando fuese más mayor”.

Para la inmensa mayoría, la narrativa gráfica no tenía (ni tiene) ningún valor, erróneo concepto que me ha ayudado mucho a la hora de completar la enorme lista que redacté con pequeña y temblorosa letra en el momento en que caí en la cuenta de que este hobby/ adicción/ descanso del guerrero en la rutina diaria, era para toda la vida.
Como dice Grant Morrison, guardar cómics es como estar atado a una enorme montaña de papel para el resto de tu vida.
Dicha lista, transformada en sucesivas ocasiones; plastificada, adornada en formato excel, la he llevado encima física o mentalmente desde ese día, como una maldición de la que no me puedo despojar, y pesa mucho más de lo que aparenta. Pero a cambio, aún me produce un enorme regocijo cada vez que encuentro un “incunable” que reduzca las carencias de mi colección. Otras veces me parece como si estuviera intentando ordenar la realidad entera en la que vivo a base de comprar y catalogar una colección.
Por su parte, la montaña de papel a la que estoy atado sigue aumentando a día de hoy, claro. A mis once años ya me había vuelto un acaparador de material y en mis baldas, apilados en montones y de cualquier manera, descansaban muchos álbumes de la Colección Olé; la mayoría Mortadelos gastados por el uso, y algunos Zipi y Zape a los que miraba con desdén. También estaban muertos de risa y de polvo, dos o tres Vértices amarillentos y los primeros Superlópez. No había, sin embargo, ni un solo tomo ni revista de Toutain y, aunque me interesaban mucho gracias a sus portadas, bizarras y eróticas al mismo tiempo, mi madre no se dejó convencer nunca de que comprar un Zona 84 ampliaría mis nociones sobre el Noveno (o el que sea) Arte.
Pero a pesar de que la colección en general crecía exponencialmente con lo que iba pillando aquí y allá , sólo atesoraba los números cuatro y cinco de La Patrulla-X, mi colección fetiche ya, y me faltaban los primeros y algunos de los posteriores debido a la distribución dantesca que sufrían los quioscos en los que los pocos coleccionistas de cómics que seguro que tenían que existir ahí fuera, se aprovisionaban de material.
Menos mal que, ante mi insistencia, un quiosquero se preocupó de venderme cada mes mis respectivas dosis de cómics de Fórum, sin fallar ni una sóla vez.
El primer número de los mutantes lo conseguí de chiripa, gracias a que el trabajo de mi padre le obligaba a laborar en otros pueblos “de provincias”. Así que junto con el periódico del día, y como se sabía mi apreciada y breve lista de memoria como yo, compró un tebeo descolorido por un sol justiciero que contenía el Giant Size X-Men número uno en un lugar donde El Jinete Sin Nombre podría haber abrevado su caballo.
“Qué portada más fea y qué tebeo tan malo”, pensé nada más leerlo. Pero ya tenía en mi cueva -mi cuarto- un nuevo tesoro: el fallido relanzamiento que realizaron Len Wein y Dave Cockrum con los obsoletos X-Men. No era precisamente el excelente arranque que se presupone a una serie en la se han podido leer culminaciones de lo meta-humano como la Saga de La Tierra Salvaje, el combate entre Coloso y Protheus o el ataque de Lobezno al Club Fuego Infernal en un episodio, “Lobezno Sólo”, que aún me estremece al releerlo.
Sin embargo, el número dos y tres me atraparon con una trama que repasaba rigurosamente la historia del grupo. Además, fueron más fáciles de agenciar y por lo menos mi progenitor no se tuvo que patear media Península para encontrarlos.
En un viaje a Santander, y mientras mi madre compraba unos encurtidos en una de las tiendas de la zona que tenían de todo, vi en una montaña repleta de tebeos mugrientos esos que buscaba con tanta ansia y con la habilidad de guante blanco de la que sólo se dispone cuando se tiene una edad corta (quizá debido a que la presión del miedo aún no atenaza el corazón), me los metí debajo de la cazadora, justo en el momento en el que la tendera se agachaba para coger un cuarto de aceitunas en salmuera y mi madre miraba hacia otro lado. Fue algo coreográfico y aprendí que, con cuidado y estrategia, hay algunos actos ilegales que pueden realizarse sin que te peguen dos cachetes.

Con el paso de los años he releído varias veces el revelador epílogo de la Saga de Fénix, la saga que enseñó al resto de autores cómo hacer cómic Marvel con estilo. Un revelador documento en formato prestigio llamado Untold Phoenix History que en España editó Fórum con el título de La muerte de Fénix, la historia jamás contada, en el que se demuestra que muchos de los cómics-books de la época se hacían desde el cariño y el respeto a los personajes y que los autores respiraban al mismo ritmo que lo hacían sus creaciones. No es difícil imaginar a los Claremont y Byrne, a los Simonson, Starlin y Frank Miller de la época estrujando (aplastando) sus meninges en su tiempo libre para dar con la obra mejor producida posible. Personas que eligieron comprometerse hasta las últimas consecuencias con su trabajo, a pesar de las durísimas injerencias editoriales. ¿No es lo que cualquier artista debería hacer?, ¿no es lo que deberíamos exigir los consumidores?.
En la copiosa entrevista con los artífices de dicho arco argumental incluida en las últimas páginas de Untold Phoenix es donde se nos desvela que posiblemente los X-Men son construcciones tan importantes para la literatura popular como las imaginadas por Cervantes o Shakespeare porque todas tienen el mismo cariz: son creaciones infinitas, inacabables, inabarcables. Son focos de transmisión de ideas entre creador y lector, ideas refinadas hasta la pureza, que llegan a calar hasta el tuétano.
Y sé que Esa Patrulla-X sigue siendo mi tebeo favorito porque sentí el mismo dolor que sintieron los implicados en el asesinato de Fénix, al leerme las viñetas que habían ideado para dar muerte a la dulce Jennie y sacudiéndome al mismo nivel con que nos sacuden los acontecimientos de nuestra propia vida.
Menos mal que sólo es papel y tinta, ¿no?.

4 comentarios:
Si ya lo dijo usted hace años: "la Patrulla X son mis hijos".
Y que razón tenía.
divertida y buena lectura.
no hizo mención al grado de desnudez (de cintura para abajo) de su querido quiosquero.
"grado de desnudez (de cintura para abajo)"
yo creo que iba totalmente en pelotas, pero un reflejo de luz nos hacía verle con jersey.
Hello. And Bye.
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