La política y moralidad de las clasificaciones y la auto-censura, por Alan Moore.
(Comics Journal #117, Septiembre de 1987)
Traducido por Frog2000
El siguiente artículo, aparecido previamente como editorial invitada en la edición del 13 de Febrero del Comics Buyer´s Guide, formó parte del clamor general que levantaron muchos de los creadores de comic-book respecto a las directrices sobre la censura tomadas por parte de DC y su sistema de clasificaciones. Aunque algunos de estos creadores también se indignaron por no haber sido consultados para poder formular ellos mismos dichas directrices, otros estimaron que el tema era mucho más profundo que todo eso, porque pudieron observar que el motivo de que DC hubiese dado dicho paso fue toda una capitulación frente la presión ejercida por la derecha religiosa, produciendo durante todo el proceso una represión de la creatividad, la libertad de expresión y de la responsabilidad.
En el siguiente editorial, Alan Moore, guionista de La Cosa del Pantano y Watchmen, se cuestiona las maniobras morales y políticas detrás del reciente posicionamiento que ha tomado la Industria a favor de la censura.
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Al observar, a pesar de la distancia geográfica, lo más cercanamente posible que he podido cómo ha ido evolucionando el debate sobre las clasificaciones, he observado cómo los distintos creadores de cómic, contándome presumiblemente a mí mismo entre ellos, hemos sido insultados por casualidad como parte de lo que sólo puede ser percibido como una maniobra impulsada por la política más cruenta posible.
Se nos ha mencionado como gente inmadura, irresponsable y carente de integridad. Hemos sido acusados de producir un material que es negativo e insalubre, y probablemente dañino para el bienestar mental de los niños. También hemos sido acusados de crear material que “a cualquier persona cabal le haría retroceder con gesto de disgusto,” y además de eso, de hacerlo con la única y básica intención de explotar este campo a cambio de dinero fácil.
Como decía, no tengo ningún deseo de evangelizar a nadie, ni tampoco ningún anhelo de manipular de alguna forma la opinión del lector medio de comic book, opinión supuestamente maleable y que está conformada por masilla blanda. Los lectores de este texto son, supongo, capaces de formar y mantener sus propias opiniones. Eso no es mi problema y si sus opiniones coinciden con la mías tampoco es algo que me vaya a interesar aunque sea durante un segundo. Aún así he sentido que, frente a dichos abusos decepcionantemente personales, quizá debería explicar mi posición y por qué debo restringir severamente la futura aparición de mi trabajo en el mercado convencional de los comics books. De que, por decirlo de alguna forma, tenía el deber de exteriorizar dicha despedida.

No dudo ni por un momento de que otros pueden haber hablado de todo esto de una forma mucho mejor. Una reciente y magnífica carta de Steven Grant expone lo mismo tan clara y lúcidamente como cualquier pronunciamiento que yo mismo pueda emitir, y verdaderamente, hace que mis declaraciones suenen redundantes. Después de habernos lanzado de la forma que lo han hecho todo este debate sobre las calificaciones, no me parece un tema simple ni algo de poca importancia. En realidad exige una reflexión más cuidadosa y no unos eslóganes que suenen repetitivos, y con eso en mente, intentaré delinear la forma en que yo veo todo este asunto, en todos sus variados aspectos y sin recurrir en ningún momento a la simplificación.
La forma más fundamental en la que dicho asunto me afecta es como padre. Tengo dos hijas y mis responsabilidades personales hacia ellas las siento de forma muy intensa, pero rara vez me he sentido impelido a mencionarlo en público, ya sea alrededor de una mesa, en una columna editorial o en una revista sobre comic-book. [A ellas] quiero darlas el mayor número de oportunidades morales y psicológicas para que puedan sobrevivir en un mundo que está en contínuo cambio y en el que cada vez hay un incremento mayor de la precariedad.
El único producto de gran utilidad que veo que pueda servirles de verdad es el conocimiento, incluyendo el conocimiento relacionado con las realidades de la vida a las que se verán inevitablemente arrojadas al inicio de su pubertad. Por esa razón les permito leer todo aquello que ellas deseen leer. Si hay algo en concreto que se encuentra más allá de su capacidad, suelen perder rápidamente el interés por ello y lo desechan. En el caso de que lleguen hasta algo que pueda confundirlas o molestarlas (por cierto, algo que es mucho más probable que ocurra con el contenido de un periódico que con el de un comic book), entonces, sencillamente, lo mejor que puedo hacer es explicarlas el origen de su angustia o desconcierto de forma tan honesta y precisa como me sea posible. Mi hija de ocho años disfruta de aquellas partes de Watchmen que no son muy aburridas de leer y disfruta de “El Regreso del Señor de la Noche” por completo, un tomo que se ha leído algo así como una docena de veces. La pasada noche estuvo hojeando el trabajo, sin duda ninguna totalmente negativo, insalubre y aún no clasificado, que hizo Will Eisner en “Contrato con Dios”. En particular, si os interesa, disfrutó mucho con la historia titulada “The Super”. No creo que solo sea orgullo paterno lo que me lleva a describir a mis dos hijas como chicas creativas, brillantes, y sobre todo, felices.

Claro, conocen lo que es la violencia y también conocen lo que es el sexo. Cuando mi hija mayor tenía cinco años, una vez volvió del colegio y me pidió dinero para empezar una colección. Cuando le pregunté para qué colección quería el dinero, me contestó que era para una con la que uno de los hermanos mayores de sus amigas del colegio se había vuelto loco y había asesinado a su madre con un cuchillo de cocina antes de darse la vuelta y dirigirse hacia su hermana menor, que afortunadamente había podido escapar aunque con heridas graves. Esa era la colección que se le había antojado.
En ese mismo momento decidí que, si no me era posible evitar exponer a mis hijas a la brutalidad que tendrán que afrontar a lo largo de toda su vida, entonces, por lo menos, las daría tanta información como necesitasen y de la que yo dispusiese, para poder hacer frente a todas las cosas. ¿Realmente les hacemos algún favor a los niños al mantenerlos ignorantes sobre aquellos rasgos del mundo de los adultos que nos avergüenzan, o que son demasiado embarazosos como para contárselos, y que de todas formas están programados para heredar?
Si a la editorial E.C. se le hubiese permitido mostrar a mayor número de chavales algunas historias más del estilo de la titulada “The Monkey”, en Shock SuspenStories número 12, en lugar de haber sido expulsados del negocio por personas a las que no les preocupaba gran cosa lo negativo que fuesen las historias, quizá treinta años después Nancy Reagan hubiese tenido que patrocinar menos cómics en contra de las drogas.

Obviamente, todo esto es una opinión personal que sólo aplico en mi propia casa, dentro de los límites conformados por mi propia familia. Reconozco que el resto de personas tienen otra forma de hacer las cosas y puede que encuentren que mi postura es demasiado extremista. Pero esa es su prerrogativa. Tienen todo el derecho a educar a sus hijos como ellos quieren y, si se toman la molestia de pasar un rato en contacto con lo que sus hijos leen y llegan a experimentarlo de la misma forma en la que lo hago yo, podrían hablar con sus hijos de cualquier elemento que les parezca dudoso o incluso verse obligados a eliminarlo por completo, según sus propias convicciones. Esos son los derechos y obligaciones que tienen como padres, y acaban ahí, los míos incluidos.
Si por ejemplo, descubro a una de mis hijas leyendo algo que yo pueda encontrar sexual o políticamente ofensivo, por ejemplo, una novela romántica o uno de esos horribles textos sobre sexo y bondage ambientados en plantaciones de esclavos y que se enmascaran como ficción histórica, entonces o lo hablo con ellas, o lo mantengo alejado de su vista, y eso es todo.
Escribir a los editores de Barbara Cartland y solicitarles la inclusión de una pegatina en la portada de sus libros con la intención de avisar de que los materiales que contienen son descripciones de las relacciones humanas ofensivas y peligrosamente irreales sería algo tan absurdo como arrogante. Ir más allá de eso supondria una invasión del derecho que tienen todos aquellos padres que sienten que las heroínas de Barbara Cartland representan buenos modelos de comportamiento para sus hijos, y además, atropellar su derecho a que sus hijos disfruten de dichas lecturas es algo que les molestaría mucho, y con razón.
Esta pregunta sobre la responsabilidad personal es algo que se revela como algo central en todo este tema. Si algunos padres no quieren que sus hijos lean cierto tipo de publicaciones, o que vean cierto tipo de películas, entonces deberían prohibírselo, haciendo frente a todo el estrés familiar posterior que dicha actitud podría provocar. Esperar que los creadores de cómics o las empresas realicen la labor de policía de la moral es todo un acto de cobardía por parte de los cabezas de familia.
Para todos aquellos que están involucrados en la venta al por menor de los comic-books o en su distribución, su posicionamiento resulta aún más sencillo. Si algún distribuidor o minorista de los que se encuentran ahí fuera se siente moralmente comprometido por el hecho de tener que vender algo que yo haya escrito, entonces él o ella son totalmente libres de dejar de venderlo o de distribuirlo, según sea el caso. Si están más preocupados por el dinero que puedan llegar a perder al desplegar dichos principios, en lugar de por los rasgos éticos involucrados, entonces, para empezar, puedo sugerir que igual tienen un conjunto de pensamientos éticos bastante miserables. Lo mismo ocurre con los propios lectores de comic-books.
Verdaderamente, no es mi intención forzar a nadie a que mi material entre por ninguna garganta reacia y aconsejo a cualquiera que se sienta ofendido por mi material que simplemente deje de leerlo. Si eso los fuerza a tener que escoger entre el valor que tiene su punto de vista moral como seres humanos y el valor de aquellos títulos de comic-book que conforman su colección, aún así, valiosos, no puedo decir que me preocupe gran cosa. Cualquiera que encuentre dicha opción por mi parte aunque sea un poco espinosa, tiene demasiado poco respeto por sí mismo y por su código moral como para esperar cualquier cosa razonable por mi parte. Si esta actitud le parece a alguien arrogante, tal y como parecía dar a entender un reciente correo enviado al CBG, entonces que me acusen de lo que sea. Si esto no les gusta a determinadas personas acreditadas, yo lo veré como si los susodichos, aún teniendo la inteligencia suficiente, les falte sentido común y además veré que únicamente muestran respeto hacia sus propias responsabilidades.
Más allá de las consideraciones parentales y personales incluidas en este debate, los aspectos políticos quizá sean los que me resultan más problemáticos. Cuando los críticos emplazan a los artistas y a las editoriales a que se muestren frente al mundo en general y frente a su patria en particular como el lugar más agradable y feliz en el que poder disfrutar de la mejor experiencia existente, o demandan que en los retratos “inmaduros” de figuras autoritarias deberían ser representados como personajes menos corruptos o más decentes, y que en caso contrario deberían prohibirse, entonces a mí me parece que realmente estamos siendo sometidos a ataques de cariz político disfrazados bajo la forma de debate moral o cuasi-religioso, anteponiendo la optimista frase “la moral de la mayoría” y la más bien embarazosa mordedura de serpiente de los evangelistas que tanto parece afectar a su público.

Mientras que no tengo nada más que un gran respeto por la presunta filosofía de Jesucristo, no puedo ofrecer otra cosa que desprecio por toda esa gente que recurre ya sea a su nombre o a cualquier otra pretensión de moralidad, mientras que, por ejemplo, atacan a Ed Asner por decir cómo se siente por lo que se está haciendo en Centro América. Eso fue todo un verdadero ataque político, de la misma forma que la insistencia en la infalibilidad de los líderes y la bondad esencial del mundo retratado en los comic books también me parece otro ataque político. En mi opinión, deberían tener las agallas suficientes como para llamar a las cosas por su nombre y ser respondidos bajo los mismos términos.
Esto podría explicar por qué, dispuestos a comparecer para hablar claro sobre la decencia moral o las virtudes cristianas, tu propia nación se permite llegar hasta una situación en la que los grupos de presión “morales” y “cristianos” de ciertos estados pueden forzar a quitar “El Mago de Oz” y “El Diario de Ana Frank” de las estanterías de las bibliotecas y luego demandan eliminar aquellos libros de texto que incluyan dibujos de dinosaurios.
También podría explicar por qué tu nación (y tampoco es que la mía sea mucho mejor) permita flagrantes idioteces como la literal caza de brujas destinada a descubrir la supuesta conspiración satánica de la industria discográfica y que no fue recibida de otra forma que con el bochorno que tan ricamente se merecían. Eso puede explicar por qué mis colegas y yo somos presa fácil de cualquiera que pronuncie la palabra "moralidad" con la cara rígida y que sea capaz de teclear con éxito en una máquina de escribir. Quizá también explique por qué todos vosotros seréis salvados en breve de la negativa e inmadura obra llamada Watchmen, o peor incluso, de tener que decidir entre la virtud y el guardarse las propias espaldas ahorrando dinero mientras se permanece en un cómodo lugar de descanso para vagos.
Verás, por mi parte pienso que los grupos de presión moral que creen que todos nosotros deberíamos auto-censurarnos son peligrosos, y además, al menos por lo que a mí respecta, verdaderamente diabólicos. Sólo hay un grupo que sería capaz de prohibir “El Diario de Ana Frank”, y no me importa cómo se haga llamar actualmente.

Si personas como Jerry Falwell y Lyndon LaRouche quieren hablar sobre campos de concentración para homosexuales mientras de forma simultánea gestionan sus diferentes campañas desde una plataforma de moralidad, entonces estarán en su derecho, y me temo que seguiré siendo lo suficientemente “progre”, confundido y anticuado como para no tener ningún deseo de censurar su discurso, a pesar de que personalmente me produzca un intenso asco y me repela mucho. Si los vendedores y distribuidores creen que deberíamos apaciguar a la gente de la que he hablado con el fin de evitar su ira, y si cualquier editor de comic book cree que debería apaciguar a dichos vendedores y distribuidores prestando atención a sus sugerencias, porque tienen derecho por decreto divino, yo no tengo ningún deseo de interferir en ello.
Sin embargo, si alguien espera en serio que yo trague con ello, me temo que se va a quedar decepcionado. Nunca aceptaré que uno pueda oponerse a un mal social encogiéndose con sentimiento de culpa y con la esperanza de no ser detectado por nadie. Creo que un sistema de calificaciones, o incluso cualquier tipo de censura, es análogo a dispararse con un arma en el pie con la fervorosa esperanza de que esto hará que la gente que se siente muy mal contigo no te dispare en la cabeza. Me parece poco práctico y estúpido, algo realmente degradante para el medio, para su público y para la gente que trabaja en él.
He estado trabajando desde hace mucho tiempo y muy duramente en este medio, en esta industria, y se merece algo mejor. Si alguna persona o editor trata de capitular y rendirse frente a estos quemadores de libros, tienen la libertad de hacerlo, pero no tendrán mi apoyo.
Ya que me resulta imposible formar parte de dicho tipo de comportamiento, con la finalización de aquellos trabajos para los que ya había sido contratado, sé que no produciré ningún trabajo más en el futuro para cualquier editor que imponga un sistema de clasificación a sus creadores y lectores.
Francamente, incluso no sé si podría ser capaz de guionizar la clase de cómics que sin duda tendría que hacer con la introducción de dichas medidas. Me parecería muy hipócrita alimentar a jóvenes lectores con historias de coraje y heroísmo mientras estoy trabajando para una industria aparentemente incapaz de comportarse de esa misma forma. O quizá, en consecuencia, los cómics ajusten su noción de lo que es la valentía:
“¿Superman? Te llamo por ese ultimátum que nos ha dado Luthor. ¡Dice que va destruir toda América! ¿Qué vamos a hacer?”
“No te preocupes, Lois. Borbardearemos New Jersey y esperaremos que eso le satisfaga.”

Para terminar, siento si estoy sonando de forma demasiado encarnizada, enojada, acusadora o arrogante. Dado el estado mental en el que me encuentro mientras estoy escribiendo esto, es cierto que me puedo sentir de todas esas formas, pero me duele mucho decir adios a una industria “mainstream” en la que me lo he pasado tan bien, y además con estas frases que dejarán un sabor de boca tan desagradable.
A lo largo de todos estos años he disfrutado de la maravillosa libertad creativa que me ha ofrecido vuestra industria Americana, del apoyo de bienvenida ofertado por editores y directores y por unos agradecidos, madurísimos e inteligentes lectores. Siento mucho si mi pronunciamiento actual significa que tendré que despedirme de gran parte de ellos, pero bajo mi punto de vista es algo que me parece necesario hacer. Parecer una estridente o sobreactuada “prima donna” también es algo con lo que tendré que vivir. Comprometer mi integridad para apaciguar a una pandilla de matones políticos es algo a lo que no puedo dar soporte de ninguna forma.
Tal y como algunos corresponsales del CBG han apuntado amablemente, esto solo me deja tomar un claro curso de acción: tengo puesto en mis pies un robusto y elegante calzado y ya sé dónde está la puerta.
Al final, estas deberían ser las únicas "obligaciones" de las que realmente cualquiera de nosotros debería depender. -----------------------------------------------------------------------------
Nota: Las imágenes que ilustran este artículo son las seis páginas (colocadas en orden de lectura) de la heroína creada por Alan Moore y Melinda Gebbie "The Cobweb". En un principio iban a ser publicadas en el antológico "Tomorrow Stories" #8, pero DC se echó atrás debido a que la historia retrataba el periplo vital del científico y ocultista
John Whiteside Parsons, uno de los amigos personales de L. Ron Hubbard.
Al final, el relato de seis páginas "Brighter Than You Think" (homenaje a Darker Than You Think, novela de Jack Williamson), sería editado con los cambios superficiales pertinentes (por ejemplo, Cobweb se convierte en "La Toile", la palabra con la que en francés se dice "Web" en la antología de Top Shelf "Ask The Big Questions" #9.